El mercado de granos atraviesa una etapa en la que las señales de precios, la disponibilidad de financiamiento y la evolución de los costos se combinan con una incertidumbre climática persistente y cambios regulatorios que impactan directamente en la rentabilidad del productor. Para quienes toman decisiones en el sector agropecuario, comprender las tendencias de mediano plazo es tan importante como seguir la cotización diaria. La campaña 2025/26 se perfila como un escenario donde la gestión del riesgo, la planificación financiera y la incorporación de tecnología serán factores decisivos.

Una primera tendencia relevante es la creciente sensibilidad de los mercados a los eventos climáticos extremos. Sequías prolongadas, lluvias concentradas en períodos breves y variaciones de temperatura fuera de los promedios históricos generan una mayor volatilidad en los rendimientos esperados. Para el productor y el asesor técnico, esto implica abandonar modelos de planificación basados únicamente en promedios históricos y avanzar hacia esquemas que integren pronósticos climáticos, análisis de suelo y variedades adaptadas a escenarios más variables.

En paralelo, los costos de producción muestran una estructura cada vez más condicionada por la dinámica internacional de insumos. Fertilizantes, fitosanitarios, semillas de alta tecnología y combustibles responden a mercados globales que pueden cambiar con rapidez. El empresario agrario que aspire a sostener márgenes competitivos necesita herramientas de análisis de costo por hectárea y por tonelada producida, así como estrategias de compra anticipada, diversificación de proveedores y uso racional de insumos a partir de diagnósticos precisos.

La demanda internacional de granos se mantiene firme, aunque con ajustes en los flujos según regiones y políticas comerciales. Cambios en aranceles, restricciones sanitarias o acuerdos bilaterales pueden reconfigurar de manera rápida los destinos prioritarios de exportación. Para el exportador y el corredor de granos, es clave monitorear no solo los precios de referencia, sino también las condiciones de acceso a los mercados, las exigencias de trazabilidad y las regulaciones ambientales que comienzan a incidir en las cadenas de valor.

En este contexto, la gestión comercial se vuelve una competencia central. Estrategias como el uso de coberturas en mercados de futuros y opciones, la diversificación de momentos de venta, los esquemas de contratos a fijar y las alianzas comerciales con acopiadores o exportadores pueden marcar diferencias significativas en la rentabilidad final. El productor que asume un rol más activo en el diseño de su plan comercial, con asesoramiento profesional, se posiciona mejor frente a la volatilidad de precios.

La incorporación de tecnología en la producción es otra tendencia estructural que condiciona las perspectivas de la campaña 2025/26. Agricultura de precisión, monitoreo satelital, estaciones meteorológicas propias, sensores en maquinaria y plataformas de análisis de datos permiten ajustar dosis de insumos, delimitar ambientes de manejo y mejorar la eficiencia en el uso de recursos. Para el profesional agrónomo, esto exige desarrollar competencias en interpretación de datos y uso de herramientas digitales, complementando el conocimiento tradicional del lote y la experiencia acumulada.

La biotecnología continúa avanzando con materiales genéticos más tolerantes a estrés hídrico, plagas y enfermedades, así como con ciclos adaptados a ventanas de siembra más flexibles. Para el productor, la elección varietal se convierte en una decisión estratégica que combina rendimiento potencial, estabilidad, sanidad y comportamiento frente a distintos ambientes. El asesor debe integrar información experimental, resultados de ensayos locales y experiencia de campañas anteriores para construir recomendaciones sólidas y realistas.

El componente logístico también adquiere un peso creciente en el análisis de perspectivas. Costos de flete, disponibilidad de infraestructura vial y ferroviaria, capacidad portuaria y tiempos de espera en los embarques influyen en el precio efectivo que recibe el productor. Para el exportador, la capacidad de organizar cadenas logísticas eficientes se traduce en mayor competitividad en los mercados internacionales. En este escenario, la ubicación geográfica del establecimiento y la distancia a los principales nodos de acopio y salida al exterior son variables que deben considerarse en la planificación de la campaña.

Otro aspecto que gana relevancia es el de los requisitos ambientales y de sostenibilidad. La demanda de certificaciones, los esquemas de producción baja en carbono, las prácticas de manejo conservacionista del suelo y el control de la huella hídrica se incorporan gradualmente a los criterios de acceso a determinados mercados. Para el empresario agropecuario y el exportador, anticiparse a estas exigencias puede convertirse en una ventaja competitiva, mientras que la falta de adaptación puede limitar oportunidades en el mediano plazo.

Las decisiones de financiamiento siguen siendo un componente crítico. Tasas de interés, plazos de los créditos, garantías requeridas y condiciones de acceso al financiamiento comercial influyen en la capacidad de inversión en tecnología, insumos de calidad y mejoras de infraestructura. El productor profesional necesita analizar con detenimiento el costo financiero de las distintas alternativas, comparando créditos bancarios, canjes, acuerdos con proveedores y herramientas de mercado de capitales, cuando estas se encuentran disponibles.

En este marco, la diversificación productiva se presenta como una vía para mitigar riesgos. Alternar cultivos, incorporar rotaciones con gramíneas y leguminosas, explorar esquemas mixtos con ganadería o agregar valor a la producción mediante procesos agroindustriales puede amortiguar el impacto de caídas en el precio de un solo producto. Para el asesor técnico y el empresario, esto implica diseñar sistemas integrados que consideren tanto la sostenibilidad agronómica como la estabilidad económica.

La información de calidad se vuelve un insumo estratégico tan importante como las semillas o los fertilizantes. Reportes de mercado, análisis de escenarios, estudios comparativos de costos y márgenes, así como seguimientos de campaña en distintas regiones, permiten ajustar decisiones a tiempo. El productor que dedica parte de su agenda a la lectura profesional y al intercambio con especialistas incorpora una ventaja adicional sobre aquel que solo reacciona a los movimientos de precios del día.

Mirando la campaña 2025/26, la suma de estas tendencias sugiere que la competitividad no dependerá únicamente del clima o de la cotización internacional. La capacidad de gestión integral del sistema productivo, la organización de la empresa agropecuaria, la profesionalización de la toma de decisiones y el trabajo coordinado con asesores y socios comerciales serán determinantes. En este sentido, la figura del empresario agrario que combina visión de largo plazo con rigor técnico cobra protagonismo.

Para el exportador, la lectura fina de la oferta disponible, la velocidad de reacción ante cambios en los mercados de destino y la construcción de relaciones de confianza con compradores internacionales son componentes esenciales de la estrategia. Las empresas que integren información de origen, logística eficiente y cumplimiento de estándares de calidad y sostenibilidad tendrán mejores condiciones para posicionarse en un entorno global competitivo.

En síntesis, las tendencias del mercado de granos y las perspectivas de la campaña 2025/26 requieren una mirada que trascienda la coyuntura inmediata. El productor, el profesional agrario, el exportador y el empresario del sector se benefician al incorporar herramientas de gestión del riesgo, tecnologías de precisión, criterios de sostenibilidad y estrategias comerciales diversificadas. La toma de decisiones informada y anticipada se convierte en el factor común que puede marcar la diferencia entre una campaña apenas defensiva y un resultado que consolide el crecimiento de la empresa agropecuaria en el mediano plazo.